Habían pasado muchos años desde su último encuentro, la
juventud hacía tiempo que había dado paso a la quietud de la madurez.
Con añoranza aprendieron a vivir el uno sin el otro, en sus mundos, con una
familia que no habían llegado a construir nada más que en sueños imposibles y
culpables, preñados de cobardía.
A pesar del tiempo, el aroma del recuerdo
seguía en su memoria.
Ese tiempo que los separaba se paró, se miraron y
recordaron todo el amor, todo el deseo, todos los sueños y el mundo fueron de
nuevo solo ellos.
En la soledad nerviosa se enfrentaron al paso del
tiempo a través de la desnudez, él recordaba cada uno de los huecos de la piel
suave en la que le hacía cosquillas hasta hacerla llorar de risa, el lunar bajo su obligo que tantas veces besó en un
camino hacia el placer más exquisito que compartieron entre las cuatro paredes
de aquella antigua buhardilla que convirtieron en su hogar con fecha de caducidad
.
Ella recordaba la espalda desnuda, aquella cicatriz en
defensa de la libertad, la mirada limpia en cada beso, el susurro de sus
palabras cerca del cuello.
Se recordaban en cada caricia, en el camino que los
dedos trazaban subiendo y bajando, en las paradas excitantes, en las bocas
inquietas, en las lenguas juguetonas, se recordaban y de nuevo se amaban.
No querían recordar, querían vivir amor y deseo,
resarcirse de los años con los cuerpos mezclados preparados para la lujuria, acoplándose
como piezas que jamás se habían separado, se reconocían en cada movimiento
acompasado, en el sabor de la humedad
que iba dando paso al deseo por sentirse dentro, en el vaivén del placer,
en los gemidos al unísono hasta acabar en un convulso final de gozo y placer,
sudorosos, extenuados, abrazados.
Vivieron cada minuto como si fuera el último de sus
vidas, sin medida, sin pudor, sin preguntas, sin respuestas.
Se
despidieron con la sombra del reproche,
de nuevo la cobardía vencía en su vidas y sin embargo convencidos de que su
último tren no había pasado